martes, mayo 28, 2013

Basta del drama, hoy quiero acción

Provocaciones

Iba toda la gente más culta e imprescindible, no contaban con retrasos. En sus mentes se divisaban autores enigmáticos, místicos que contenían ese dejo justo de curiosidad para mantener la atención de cada miembro que entraba al museo. Las imágenes alteraban el paisaje, la audiencia miraba, estaban los muros de costado a eslabón oscuro pidiendo ser rasgados sin decir nada ante los ojos del público. Nos paseamos un poco más mi intelectualidad y yo sobre los pisos enserados y uniformes de la pasarela, mirábamos el reloj -la hora palpitante- hasta que llegó.
La vi pasar a contra luz rozándome los brazos mientras el vino blanco inamovible aromatizado que ofrecían cautelosamente los garzones, pigmentaba nuestras piernas. Nos movimos de ese espacio, de cada distraído miembro que nos saludaba con una seña -de los animales construidos bajo pilares sin justicia- y de pronto despegamos.

Los espejos nos besaban, su espalda se iba destiñendo con el aliento de las caricias que llegaban a la cima de cada espacio. Entre cada tanto su rostro bajaba hacia mi ombligo y nos conocíamos más de frente.
Captamos la esencia de la necesidad, la desesperación, aquel estado lleno de frenesí, de manos que fabricaban especies convertidas adjuntándose en el cuello, mirándonos desde afuera hacia adentro, iniciando desde las membranas y de súbito calándonos con formas de partituras genéticas. Cada gemido un ritmo, una tonalidad. Era un vuelo sedoso infatigable. Nuestros labios nos llevaban hacia la pérdida del inconsciente. De pronto un pensamiento me nubló el rostro, recordé en mi memoria lo anterior, lo del pasado y aquella saliva equidistante que nos proporcionaba placer comenzó a darme asco. La clavé la mirada, me fui. Sutilmente inventé una excusa y mi cuerpo dejó de estar presente.

Volví a casa, mis ojos abiertos la observaban desde lejos, sentía un dejo de miseria cuando pensaba que aún estábamos juntas y al mismo tiempo no podía dejar de amarla. Todo me parecía bello a su lado.

Se encontró con mi mirada viéndola y sin despegarse de mis pupilas encendió la radio para crear el ambiente (absurdo) a mi gusto, porque teníamos ya suficiente complicidad. On y suavemente oí a Sade, que me dilataba de manera proporcional al deseo acumulado que traía desde hace algunas semanas. Ella lo sabía. Se levantó, me besó mientras se sentaba lentamente sobre mis dedos. Yo la seguía contemplando suspendida en mis brazos. Pensaba en aquel día coincidente en donde llevadas por el deseo nos involucramos más adentro y luego sin poder escapar nos encontrábamos en la clandestinidad, en aquel laberinto oscuro profesándonos amor. La vi impacientarse un poco, mi mirada ida no seguía su juego y sin embargo, ella sabía que yo estaba allí, ahí dentro de sus comisuras, sintiéndola toda, estrechándola. Nuevamente perdida entre mis pensamientos rememoraba la misma imagen. Ella dormía, soñaba y me decía que no quería que esto se terminara, su rostro tan afligido, tan agitado y asustado no me permitían tener otra opción más que despertarla. Abría sus ojos y se apegaba a mi corazón como una niña que encontraba cobijo en los brazos de su madre.

Me alzo el rostro, me trajo de vuelta. Pestañé y pude contener sus paredes angostas, fijas en mis dedos, mi lívido estallaba, mi cuerpo se estremecía. Sentí perforar mi himen, me fui hacia adentro y luego una explosión. Cayó sobre mí, se fue encima de mí, toda, entera, mi mano sedienta permaneció en su interior, la mire de frente, la ame despacio.

Volví a mi centro, la encontré en mi recámara. Solo entre abrí mi párpado derecho, me apegué a su cuerpo curvo y silencié a mi corazón.


- Matilde


1 comentario:

Marina Morell dijo...

Qué buen texto, Matilde. Tienes mucha gracia escribiendo :)